Miro por la ventana, observo detenidamente mi forma de
escribir.
Te veo. Desde tu lugar, triste, a punto de llorar. No demostrás
nada que me haga mal.
Me ves, preguntás que me pasa. No sé contestar. Te pido perdón,
perdóname!
Cada vez es más extraño y más hermoso.
Se me anuda la garganta:
-Me voy a dormir- decis.
-Ya voy yo también, en un rato- te digo- Te amo.
Tu mirada me hace mal. –Que descanses, no te preocupes por
mi- te digo.
-Voy a dormir, prométeme que vas a estar bien- me respondes.
Te escucho mientras te acostas: el ruido de la cama, las
sábanas sobre tu piel, el vaso de agua que sorbés antes de cerrar los ojos y
por último, la llave del velador que apagás. Es como si los conociera de
memoria.
Vuelvo a mi y a mi angustiado ser. Mis ojos no ven, no
quieren ver nada a mi alrededor. Mis manos cambian su forma de trazar, hacen
letras desprolijas y tristes. Todo es una incógnita.
Vuelvo a mirar por la ventana, la tormenta. La oscuridad nos
asecha.
Cambio el singular “yo” por un extraño “nosotros”. Te extraño.
Para encontrarte tengo que hacer más que unos pasos, tengo
que quebrar tu tristeza, y eso me cuesta cada vez más.
Me entristezco tanto, cada minuto un poco más. Mis manos no
quieren escribir. Mis ojos no me dejan ver con claridad.
Estás tan triste, mi amor. No sé qué hacer por vos. No quiero
llorar. Te veo, estás encerrado. Tengo miedo.
Pareciera que la lluvia me dañara de alguna forma. No creo
que sea así pero todos culpamos al clima por lo que sentimos.
Mi amor, no te preocupes por mi, permitime ocuparme de vos.